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I

Tanto te lo digo, mirá, que a veces, desearía estar muy lejos, allende los mares o los desiertos de arena, que también los hay, donde la arena fluye, en el viento hermana, con olas que demoran horas en cambiar de forma, en volverse cresta, en romper sobre la arena.
.

II

Migajas de perladas notas caían sobre la alfombra mientras la muchacha apianaba una sonata de Motzart.

III

La mujer mostraba la curva perfecta de sus piernas continuadas por la espalda y el cuello que terminaba alto sosteniendo una cabecita tal vez graciosa y bella aunque demasiado frágil.

IV

El pintor quiso hacer el diseño más perfecto de lo que para él era un cuerpo bello, de mujer, y por eso lo sintetizo en trazos largos de graciosa curvatura que al cabo podría parecerse a un conjunto de berenjenas bastante toscas..
Un día a la vuelta de su estudio, por aquel callejón enigmático que siempre salía en otra calle, se encontró frente por frente con una mujer en tetas que le miraba a los ojos.

V

Pintar el sexo con toda crudeza, sería hacer pornografía, pero y si el cuadro nos transmite un montón de pistas codificadas para que mentalmente sigamos una secuencia de progresivas excitaciones, sería un lenguaje para transmitirnos toda una nueva región del arte. El arte sexual que nada tiene que ver con las revistas musicales y que podría existir sobre los más diversos materiales u ondas electromagnéticas. ¿La música orgiástica no tendría una escala musical propia?

VI

Fundemos un laboratorio de investigación psico-musical, por caso, e investiguemos la escala musical del desagrado, la de la alegría…
– para qué?
Para saber y en segundo lugar mejorar la calidad de vida de los ciudadanos del mundo.
-para manejarnos con redes de parlantes?
No, sólo dentro de las empresas. Para afuera ya tenemos los chips.

VII

Había luna y olas sobre la arena que brillaba. Habían oquedades entre la vegetación, pero, mejor…. A la luz de la luna!

VIII

Ahora tengo sueño.

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Una se podría llamar Úrsula. Vieja gorda que conserva el luto de su finado Ifigenio, el boticario de los frascos de porcelana con letras azules y vivos dorados. La otra ha resultado ser la prima de la amiga de la infancia de alguien que Úrsula ha olvidado. Pamela, se podría llamar, ha de tener cinco años menos que los que aparenta. O más, pero justo cinco. Úrsula es mayor en edad, en carnes y en altura, que Pamela, la de joven bella, según unos versos que fueron recitados al rasgueo de una vieja guitarra junto a un hogar de piedra y dos vasos con vino. Todas las almas tienen secretos y recuerdos escondidos. Es lo que más les forma el carácter y las arrugas de la cara. En cambio Úrsula aun tiene el lustre de la porcelana en las mejillas, venas azules en los tobillos y una renta mensual en la ventanilla del banco. Cocina Pamela y lava los platos tanto como los pisos, los vidrios y la ropa de ambas. Úrsula es enferma de una enfermedad que ningún médico de pueblo ha podido diagnosticar pero que se alivia con los específicos masajes que ha enseñado a Pamela. Hasta ríe a veces cuando se alivia y agradece con un beso a su compañera.

Pamela planea matar a Úrsula. No tiene ningún motivo, desde ya, pero… ¿es necesario tener motivo par matar a alguien? Para matar a quien le ha dejado sin motivos a no ser el de matarle.

Noche a noche Pamela finge estar dormida hasta lograr que la morsa sin fingir se duerma. Planea, se imagina… Las primeras veces fantaseaba con la cuchilla grande de la cocina pero pronto advirtió que mancharía su ropa con sangre y perdería la prometida herencia. Después se puso a leer en la biblioteca de Ifigenio sobre venenos rápidos e indoloros dentro de lo posible. Encontró uno cuya fórmula estaba toda subrayada. Los síntomas primeros pasaban perfectamente por una crisis de hipo antes de ponerse todo el cuerpo de una tonalidad grisácea. ¡Ni que le estuvieran contando la muerte de Ifigenio!

El que camina de noche busca aquello que nadie puede decir donde se halla.

Lo que tiene la forma y el color justos para llenar el hueco del alma.

Perfume, vuelto de pronto puente y puerta hacia el recuerdo olvidado.

Caminando en la noche encontré un viejo dentro de un saco de grandes solapas. Me saludó, como si me hubiese estado esperando, por mi nombre y apellido. Por eso supe que estaba loco. ¿Cómo iba él a saber mis señas?

Se dijo prestidigitador de lunas. Miré y por el cielo navegaban tres. Me las cambió por carabelas en un tic a lo Mandrake.
Le quise regalar una moneda, pero se enojó y empezó a decir cosas feas de mi madre hasta que yo apreté mis pulgares sobre su garganta.
Después lo siguió diciendo con sus ojos verdes fosforeando en la oscuridad.

Se los tapé.

De todos modos lo seguía pensando.

Tuve que matarlo.